jueves, 1 de diciembre de 2016

EL NIÑO DE LA CALLE EN LA LIJ

"La literatura infantil de Latinoamérica no ha pasado por alto la realidad en la que los niños viven y la ha reflejado de múltiples formas. El álbum ilustrado ha sido una de las formas de retratar las situaciones por las que pasan los niños en las ciudades latinoamericanas. Al fundirse imágenes y texto en un solo discurso, el álbum permite abordar temas de una forma estética, sin que esto deje de lado las implicaciones sociales, éticas y políticas que los autores denotan en su trabajo."
Luis Téllez Tejeda


Un puñado de semillas - Monica Hughes / Luis Garay

Después de limpiar el terreno para hacer un huerto, la abuela de Concepción le dijo: "Recuerda guardar suficientes semillas para la próxima siembra. Así, nunca te faltará de comer"


De noche en la calle es un libro sólo de imágenes que Ángela Lago construye con los colores rojo, amarillo y verde, como el semáforo. Hay un niño en la calle que circula entre autos verdes, luego entre vehículos amarillos con animales adentro y por último entre coches rojos. El peligro del niño aumenta con el tránsito del verde al rojo que refuerza la atmósfera de desconfianza entre el personaje y el entorno. La ternura sólo aparece en una imagen - el interior de un auto- que muestra a una mamá con su bebé y ambos son celestes. El niño (verde) recorre las calles. El refugio, la falta de él y el deambular en la oscuridad expresan un emotivo relato de imágenes.
La historia es circular: la última escena es idéntica a la primera, así, todo vuelve a empezar. Este decir dispara la posibilidad de pensar en diferentes formas de leer y ese modo es la lectura pictórica.

de  noche en la callel



El primer álbum ilustrado que muestra francamente a niños latinoamericanos en su cotidianidad es La calle es libre, escrito por la venezolana Kurusa con ilustraciones de Monika Doppert, publicado en 1981 por Ediciones Ekaré en Caracas.
En el libro se describe la odisea de un grupo de niños por lograr un espacio donde jugar, pues en su barrio no hay un parque, algún polideportivo o, siquiera, un solar en el cual brincar la cuerda y botar una pelota. La calle es libre no sólo es importante por ser uno de los primeros libros que tocan la situación social de un amplio sector de la población, sino por la posibilidad que en miles de niños encontraron en sus páginas de asomarse a su propia realidad y reconocerse en ellas. Así, el libro se convierte en un espacio de formación de identidad y no sólo de creación de referentes.

 la calle es libre


Otro libro en el que aparece un niño abandonado cuyo único hogar es la calle y cuya vida transcurre en la mendicidad es Hugo tiene hambre de las argentinas Silvia Schujer y Mónica Weiss autoras del texto y la ilustración, respectivamente, publicado por Norma en Bogotá en 2006. En este libro, se ve al pequeño Hugo sentado en la banqueta de una ciudad que no se reconoce, pero que podrían ser varias entre La Patagonia y el Río Bravo. Hugo se ve pequeño frente a los pies monótonos que cruzan frente a él. Su mirada está perdida, hasta que comienza a observar los rostors de quienes caminan por la calle, los coloridos vestuarios de aquella gente contrastan con los harapos que apenas cubren a Hugo. De pronto, ante los ojos del pequeño, las personas comienzan a transformarse en deliciosos panqués, jugosas rebanadas de kiwi, crujientes galletas y exquisitos pescados. El hambre de Hugo es tanta, que también el mobiliario urbano sufre una metamorfosis: una fuente se torna una gran sopera, los árboles de un jardín se vuelven grandes alcachofas.
Las texturas de las ilustraciones de Weiss dan expresividad al rostro de un niño que simboliza a muchísimos más. El niño termina, igual de hambriento, encontrando a un perro, un amigo que le hará compañía y, quizá, más llevadera el hambre.
Obviamente, el libro no está dirigido a los niños que sufren este abandono, pero sí puede generar empatía entre aquellos cuya posición les ofrece ciertos privilegios, así, Hugo tiene hambre, se convierte en una herramienta contra la lástima, en un punto de partida para la reflexión y el entendimiento entre niños distintos que comparten una misma ciudad y con esperanza, un mismo futuro.

 HUGO JITANJAFORA

Traducción de Carlos Heras Martínez
Pontevedra: Kalandraka 2013
"Se han hecho muchas versiones de este cuento popular, recogido por Charles Perrault a finales del siglo XVII, tanto en literatura infantil como en televisión, cine, cómic… Pero esta posiblemente sea la más brutal, y la más auténtica. La primera ilustración que nos encontramos, después de las guardas, es ya una declaración de intenciones, y una estampa estremecedora del universo que rodea a los niños hoy en día. Un grupo está sentado en una mesa, alrededor de una abuela de juguete de esas que cuentan cuentos: “Acercaos, niños, os voy a tejer un cuento”. El hecho de que sea la abuela un ingenio mecánico ya nos pone en situación. Pero si observamos los innumerables detalles de la habitación, veremos un surtido de juguetes con un punto tenebroso: una muñeca de aspecto sospechosamente “callejero”, un tiburón con un trozo de pie asomando de su boca, un avión de la II Guerra Mundial pilotado por Mickey Mouse, una granada de mano… El vestuario de los niños no es más tranquilizador: todos ellos están repletos de marcas, ataviados con publicidad. Ese es el mundo en el que viven hoy los niños. El cuento está situado ya en un contexto." 

 la niña de rojo

Cuento: “Caramelos de fruta y ojos grises”-  Liliana Bodoc - En "Amigos por el viento"Ellos vendían caramelos de fruta en los bares. Y, algunas veces, estampitas de la Virgen. Pero la virgencita no era para vender sino para pedir colaboración. Aunque, la verdad es que resultaba mejor con los caramelos. Y mucho mejor si los ofrecía Magui, porque era chiquita y tenía ojos grises. A Tomás, la calle le había enseñado que los ojos grises vendían más que los ojos marrones.
Los dos hermanos tenían su clientela fija: viejos hombres de bar que compraban caramelos y los olvidaban en sus bolsillos. Los viejos hombres de bar no podían comer caramelos porque tenían la boca ocupada con cigarrillos negros y palabras para arreglar el mundo. Tomás solía pensar que, cuando los bares cerraban, los viejos hombres permanecían inmóviles, con el cigarrillo a medio terminar, la palabra a medio pronunciar y la taza de café a mitad de camino entre la mesa y los labios. A la mañana siguiente, el sonido de la persiana metálica los ponía en funcionamiento.
Era sábado …. Tomás y Magui terminaron de vender sus caramelos mucho antes de lo acostumbrado. ¡ Buena suerte que las personas anduvieran ese día con ganas de masticar azúcar!
Los niños empezaron a caminar hacia la estación de trenes. Cada una hora, salía el tren que los dejaba más allá de los suburbios industriales. En un lugar donde las calles no tenían nombre y las casas no tenían vidrio.
Tomás iba pateando la cajita de cartón vacía donde habían estado los caramelos. De pronto, Magui se detuvo.
- ¿ Qué hay? – preguntó su hermano.
Magui señaló en dirección a la plaza que tenía juegos.
- Quiero ir al tobogán – dijo.
- Mejor nos vamos – contestó Tomás, pensando que llegaba a tiempo para jugar un
rato a la pelota.
Magui sacudió la cabeza para decir que no, que por favor, que fuera bueno. Magui sacudió la cabeza, y su hermano entendió por qué la gente le compraba caramelos.
- Está bien… - aceptó.
Era sábado, y mediodía de otoño. La plaza estaba casi desierta. Solamente había un niño con una mujer que lo cuidaba.
Magui corrió hasta el tobogán. Tomás, en cambio, se sentó en un banco de cemento. Él ya estaba grande para esas cosas. Tenía ganas, pero mejor que no. Porque si llegaba a verlo algún otro de la calle le iba a gritar de todo; y encima iba a andar diciendo que Tomás era nena.
Tomás se acurrucó en el banco, del lado del sol. Tanteó la bolsita que su madre le ataba a la cintura, debajo de la ropa, para que guardara la ganancia. ¡ Qué suerte que ese sábado las personas anduvieran con ganas de masticar azúcar!
Magui se deslizaba por el tobogán agarradita de los costados. Y claro, era chiquita. No iban a compararla con él que se tiraba con un envión, daba una vuelta completa en el suelo, y se levantaba sin apoyarse en las manos.
El sol de otoño a la hora de la siesta era como un zumbido.
Ahí estaba Magui subiendo de nuevo la escalera del tobogán. Ahí estaba el chico con su abuela. ¿Era su abuela o su mamá? Más bien parecía su abuela …
Tomás no quería dormirse, pero el sol quería que se durmiera. Lo envolvió en una manta con olor a aire libre, le trajo buenos sueños desde allá arriba. Y, en pocos minutos, le ganó la pelea.
Dormido, hecho un ovillo, Tomás estuvo soñando cosas lindas. Sueños muy distintos a la vida. Tan pero tan distintos como unos ojos grises de unos ojos marrones.
Sin embargo, no debió dormir mucho tiempo. Porque cuando despertó, el sol estaba en el mismo lugar, y los pinos de la plaza tenían la misma altura. Lo único diferente era que el niño y su abuela se habían marchado. Tomás se restregó la cara y miró el tobogán: Magui no estaba.
Llevaba algunos años vendiendo caramelos por los bares; más precisamente la mitad de su vida. Y había aprendido que en las calles nada desaparece porque sí.
- ¡Magui! – llamó ¡Magui!
Lo primero que hizo fue recorrer la plaza por si a Magui le había dado por esconderse atrás de algún árbol. Pero, no. A lo mejor, detrás de los arbustos podados con forma de paraguas. Tampoco …
El monumento era un buen lugar, con caballos y todo. Seguramente Magui estaba calladita detrás de un soldado. Tomás miró los rostros de aquellos militares de metal a ver cuál de todos aguantaba la risa para no descubrir el escondite. Dio una vuelta completa al monumento, con los dedos cruzados y el corazón golpeando fuerte. Pero Magui tampoco estaba allí.
Tomás miró hacia todos lados. Nunca la ciudad le había parecido tan grande. Tal vez por eso, él eligió las calles familiares.
En su esquina de siempre, encontró al lustrabotas que los conocía.
- Don, ¿no la vio a la Magui?
- ¿A tu hermanita? – encogió los hombros- No.
Tomás siguió en dirección a los bares donde vendían. Entró en cada uno. Y en todos 
repitió la misma pregunta:
- ¿No vio a la Magui?
Los viejos hombres de bar parecían preocuparse. Hasta le preguntaron qué pasaba, y
quisieron saber dónde se había perdido. Pero ninguno abandonó su silla.
Al principio, Tomás sólo preguntaba … Después, espió a ver si su hermana estaba adentro de las tazas con café con leche. A ver si, de tan flaquita que era, se había metido entre el pan de los sándwiches que la gente devoraba sin pena.
Un viejo hombre de bar leía el periódico. Tomás se detuvo en seco porque creyó reconocer a Magui en una foto. Se puso a espaldas del hombre para mirar bien. Y entonces comprendió que se había equivocado; no era Magui la que miraba desde el papel. De todos modos, se empeñó en leer las palabras escritas sobre la foto: Cifras negras. Aumenta el número de niños desaparecidos.
Cuando terminó con los bares que conocía, Tomás empezó a caminar más rápido, más rápido. Observó la expresión de las personas que pasaban a su lado. Y caminó más rápido todavía. Miró el interior de los autos, las cosas que ofrecían las vidrieras. Dobló la esquina, y empezó a correr. Se detuvo en el puesto de revistas. ¿No vio a la Magui? Corrió a la parada de taxis. ¿No la vieron? Siguió corriendo… Cruzó una vez más, con el semáforo encima. Pero siguió… Iba esquivando gente y atropellando gente. Los insultos no lograban alcanzarlo.
Tomás corrió sin sentido. No necesitaba sentido para correr.
- Doña, ¿no vio a la Magui?, ¿no vio a la Magui?
Llegó corriendo a la estación de trenes.
Tiene ojos grises, ¿nadie la vio?

(sigue)